PRIMER ENCIERRO
DE LAS FIESTAS
PATRONALES DE MÓSTOLES
3 de septiembre de
2014
Cabestro de grana y oro
no quiere limitarse a la feria de San Isidro y abre nuevos horizontes en otras actividades
relacionadas con la Fiestas Nacional. Uno de nuestros más jóvenes miembros,
Pedro Ramos Monroy, conocido en el mundillo taurino como Pedro el Puñales o
Pedro Puñales ‒ambas denominaciones se emplean indistintamente‒, es aficionado
a correr encierros. No se conforma con mirar, sino que se calza las zapatillas
y se pone delante de los cuernos de un toro aunque sólo sea durante unos
segundos. Valor no le falta ni tampoco afición.
El pasado 3 de septiembre de
2014 fue al primer encierro de las fiestas patronales de Móstoles, pueblo del
sur de Madrid, lugar donde se declaró la guerra a las tropas napoleónicas y
cuna de Iker Casillas, ilustre portero del Real Madrid. A petición de este
cronista, Pedro Puñales ha mandado unas notas mecanografiadas para que
pudiéramos escribir esta crónica. Nos ajustamos a su testimonio, si bien alguna
pequeña licencia nos tomaremos como siempre que escribimos.
Dice Pedro el Puñales que fue
con su amigo Alberto (no podemos dar más datos de este sujeto, salvo que el
Puñales da fe de su amistad) al encierro. Partieron en coche de Alcorcón y aparcaron
lejos del recorrido oficial del encierro. La hora del encierro era tardana para
los usos tradicionales de un encierro: las once de la mañana. Las ocho es una
hora más propicia, pero el hombre propone y el concejal de festejos dispone.
El Puñales y su amigo trotaron hasta la calle del encierro, por aquello de
calentar los músculos. En un banco, a pocos metros del recorrido del encierro,
estiraron. Por lo visto, el Puñales siempre lo hace allí: es un hombre supersticioso
y de costumbres fijas. Si una vez le dio suerte hacer algo, lo repite
ritualmente por si las moscas.
¡Ay, qué poco quedaba para el
chupinazo! La policía municipal intentaba limpiar la calle de menores y
borrachos sin mucho éxito. Luego pasa lo que pasa.
Cinco minutos antes del
chupinazo el silencio inundó la calle. Los mozos esperaban tensos la salida de
los morlacos. A lo lejos se escuchaba la música de una charanga y el griterío
del populacho en la plaza de toros. ¿Cómo serán los toros este año? ¿Serán de
cuerna ancha? ¿Vendrán en manada o dispersos? ¡Ay, madre! ¡Ay, padre! ¡Ay, qué
nudo en la garganta!
El que espera desespera, y más
si llegan las once y nadie enciende el cohete. En esos momentos, un segundo es
un minuto y un minuto es una hora. El Puñales está nervioso, con la boca seca y
un hormigueo molesto en la tripa. ¡Tranquilo, Puñales, a ver si te van a fallar
las piernas con tanta tensión! ¡Puñales, calma! A las 11:00 h se dio el
chupinazo y se abrieron las puertas de los corrales.
En su informe, el Puñales se
muestra crítico con algunos a los que llama irónicamente valientes.
Textualmente dice: «… y los primeros en correr fueron los “valientes”, los que
quieren demostrar a sus amigotes “algo”». Continúa el comentario hablando bien
de sí mismo y de su amigo: «Nosotros lentamente trotamos hasta nuestra zona».
¿Qué quiere dar a entender el Puñales con estos comentarios? Sinceramente, no
lo sé, pero es obvio que pone a caer de un burro a un tipo determinado de corredores
y que él se considera un experto que tiene incluso “zona” propia. Confiamos en
el Puñales y le damos la razón, aunque no le entendamos bien. Al fin y al cabo,
lo taurino a veces tiene más de emocional que de racional, y el Puñales es
nuestro amigo.
En cuestión de segundos se
despejó el recorrido y quedaron pocos mozos. El Puñales escuchó los cencerros
de los cabestros y al instante tuvo a la manada detrás de él. La manada iba hermanada
y no muy rápida. Según sus palabras, el Puñales, entre luchas, empujones y
codazos, corrió unos diez metros delante de los toros: «No aguanté mucho, corrí
como mucho diez metros». A mí se me hace un mundo, pero no sabría decir si diez
metros es mucho o poco.
El Puñales en este momento había
perdido a su amigo Alberto. Siguió por detrás a la manada, suponemos que ahora a lo largo de más de diez metros, y entró en la plaza, donde volvió a encontrarse con
Alberto.
Los “diez metros” le dieron
mucho de sí al Puñales: con Alberto celebró estar vivo y comentaron durante el
resto del día las sensaciones del evento taurino, que, por lo visto, fue breve,
pero intenso.
El Puñales, contrario a que los
encierros sean tan tarde, casi a la hora del aperitivo, no se quedó a la capea.
E hizo bien, porque la chusma se apodera del ruedo y lo único que uno puede
tener es un disgusto.
Nos alegramos de que miembros de
Cabestro de grana y oro participen activamente de actos taurinos
populares. Y le deseamos a Pedro el Puñales más éxitos en su vida de corredor
de encierros. ¡Suerte, maestro!
Carlos Cuadrado
Gómez
Cronista del la agrupación
Cabestro de grana y oro

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