domingo, 5 de octubre de 2014

EL PUÑALES EN MÓSTOLES

PRIMER ENCIERRO
DE LAS FIESTAS PATRONALES DE MÓSTOLES
3 de septiembre de 2014

Cabestro de grana y oro no quiere limitarse a la feria de San Isidro y abre nuevos horizontes en otras actividades relacionadas con la Fiestas Nacional. Uno de nuestros más jóvenes miembros, Pedro Ramos Monroy, conocido en el mundillo taurino como Pedro el Puñales o Pedro Puñales ‒ambas denominaciones se emplean indistintamente‒, es aficionado a correr encierros. No se conforma con mirar, sino que se calza las zapatillas y se pone delante de los cuernos de un toro aunque sólo sea durante unos segundos. Valor no le falta ni tampoco afición.
El pasado 3 de septiembre de 2014 fue al primer encierro de las fiestas patronales de Móstoles, pueblo del sur de Madrid, lugar donde se declaró la guerra a las tropas napoleónicas y cuna de Iker Casillas, ilustre portero del Real Madrid. A petición de este cronista, Pedro Puñales ha mandado unas notas mecanografiadas para que pudiéramos escribir esta crónica. Nos ajustamos a su testimonio, si bien alguna pequeña licencia nos tomaremos como siempre que escribimos.
Dice Pedro el Puñales que fue con su amigo Alberto (no podemos dar más datos de este sujeto, salvo que el Puñales da fe de su amistad) al encierro. Partieron en coche de Alcorcón y aparcaron lejos del recorrido oficial del encierro. La hora del encierro era tardana para los usos tradicionales de un encierro: las once de la mañana. Las ocho es una hora más propicia, pero el hombre propone y el concejal de festejos dispone. El Puñales y su amigo trotaron hasta la calle del encierro, por aquello de calentar los músculos. En un banco, a pocos metros del recorrido del encierro, estiraron. Por lo visto, el Puñales siempre lo hace allí: es un hombre supersticioso y de costumbres fijas. Si una vez le dio suerte hacer algo, lo repite ritualmente por si las moscas.
¡Ay, qué poco quedaba para el chupinazo! La policía municipal intentaba limpiar la calle de menores y borrachos sin mucho éxito. Luego pasa lo que pasa.
Cinco minutos antes del chupinazo el silencio inundó la calle. Los mozos esperaban tensos la salida de los morlacos. A lo lejos se escuchaba la música de una charanga y el griterío del populacho en la plaza de toros. ¿Cómo serán los toros este año? ¿Serán de cuerna ancha? ¿Vendrán en manada o dispersos? ¡Ay, madre! ¡Ay, padre! ¡Ay, qué nudo en la garganta!
El que espera desespera, y más si llegan las once y nadie enciende el cohete. En esos momentos, un segundo es un minuto y un minuto es una hora. El Puñales está nervioso, con la boca seca y un hormigueo molesto en la tripa. ¡Tranquilo, Puñales, a ver si te van a fallar las piernas con tanta tensión! ¡Puñales, calma! A las 11:00 h se dio el chupinazo y se abrieron las puertas de los corrales.
En su informe, el Puñales se muestra crítico con algunos a los que llama irónicamente valientes. Textualmente dice: «… y los primeros en correr fueron los “valientes”, los que quieren demostrar a sus amigotes “algo”». Continúa el comentario hablando bien de sí mismo y de su amigo: «Nosotros lentamente trotamos hasta nuestra zona». ¿Qué quiere dar a entender el Puñales con estos comentarios? Sinceramente, no lo sé, pero es obvio que pone a caer de un burro a un tipo determinado de corredores y que él se considera un experto que tiene incluso “zona” propia. Confiamos en el Puñales y le damos la razón, aunque no le entendamos bien. Al fin y al cabo, lo taurino a veces tiene más de emocional que de racional, y el Puñales es nuestro amigo.
En cuestión de segundos se despejó el recorrido y quedaron pocos mozos. El Puñales escuchó los cencerros de los cabestros y al instante tuvo a la manada detrás de él. La manada iba hermanada y no muy rápida. Según sus palabras, el Puñales, entre luchas, empujones y codazos, corrió unos diez metros delante de los toros: «No aguanté mucho, corrí como mucho diez metros». A mí se me hace un mundo, pero no sabría decir si diez metros es mucho o poco.
El Puñales en este momento había perdido a su amigo Alberto. Siguió por detrás a la manada, suponemos que ahora a lo largo de más de diez metros, y entró en la plaza, donde volvió a encontrarse con Alberto.
Los “diez metros” le dieron mucho de sí al Puñales: con Alberto celebró estar vivo y comentaron durante el resto del día las sensaciones del evento taurino, que, por lo visto, fue breve, pero intenso.
El Puñales, contrario a que los encierros sean tan tarde, casi a la hora del aperitivo, no se quedó a la capea. E hizo bien, porque la chusma se apodera del ruedo y lo único que uno puede tener es un disgusto.
Nos alegramos de que miembros de Cabestro de grana y oro participen activamente de actos taurinos populares. Y le deseamos a Pedro el Puñales más éxitos en su vida de corredor de encierros. ¡Suerte, maestro!

Carlos Cuadrado Gómez
Cronista del la agrupación
Cabestro de grana y oro