Esta salida de dos miembros de la Mula Coja ha levantado una gran polémica entre algunos miembros de esta asociación, entre los llamados «antitaurinos». Nunca ha estado en el ánimo de Don Dimas y Don Carlos la intención de ofender a nadie, y a nadie han obligado a perpetrar ningún delito. Ellos, como buenos observadores de la realidad y amantes de la fiesta de los toros, y de los toros mismos (¡Que nadie lo ponga en duda!), fueron alegres a una corrida de toros a la majestuosa y universal Plaza de Toros de Las Ventas de Madrid, templo del arte de torear y catedral donde se doctoran los mejores matadores del mundo.
Como muchos han sido los que han preguntado detalles, no sabemos si guiados por la envida, por las ganas de cotillear, por tener materia con que luego criticar o por sana curiosidad y ganas de aprender, hemos decidido relatar minuciosamente esta crónica de la Mula Coja, que puede ser catalogada como «crónica taurina».
UNA TARDE EN LOS TOROS Y OLÉ
Eran las seis y media de la tarde del 12 de mayo de 2009 cuando se encontraron Don Dimas y Don Carlos frente a la Monumental de las Ventas, junto a la estatua dedicada a Antonio Bienvenida. Grande fue el gozo que tuvieron al verse. El gentío llenaba la explanada de la plaza. De la boca de metro salían los aficionados como las hormigas del hormiguero y, tras deambular en busca de compañía, se dirigían a su correspondiente puerta de entrada.
Las entradas que traía Don Dimas rezaban que nuestros asientos estaban en el tendido 9 bajo, primera fila. Nos metimos sin más demora, pues el festejo daba comienzo a las siete en punto, y no era plan llegar con retraso al evento taurino. Alrededor de nosotros se fueron sentando personalidades relevantes de la vida política española, cuyos nombres no nos parece oportuno revelar. Donde nosotros estábamos la gente pedía «yintonis» y «güisquises» que un amable operario servía, sacándose de la faltriquera la bebida alcohólica con mucha discreción. Allí nadie le pagó, por lo que suponemos que de vez en cuando le soltarán una buena propina, porque al señor se le veía muy feliz y complaciente.
Sonaron los clarines y dio comienzo el paseíllo. ¡Qué colorido y qué belleza en los trajes de luces! Todo se hizo según mandan los cánones. Luego volvieron a sonar los clarines para el primer toro, que le tocó en suerte a Iván Fandiño, que confirmaba esa tarde la alternativa en Madrid. Los toros no valieron gran cosa, ninguno de ellos. La ganadería de Jesús Pereda se estrelló con seis mansos flojos y peligrosos. Todos ellos sobrepasaron los 500 kilos. El sexto era enorme, con sus 630 kilos cortaba la respiración.
Pero volvamos a Fandiño. Hizo una buena faena, que se vio afeada porque dio un pinchazo a la hora de matar. En el sexto el muchacho se esforzó. El toro le dio una voltereta que puso el corazón del respetable en un puño, pero el morlaco no le empitonó, aunque lo tenía “a huevo” en la arena. Luego le dio un puntazo a Fandiño en la mano derecha, lo que no le impidió darle un estoconazo con la mano sangrando que le hizo rodar sin puntilla.
Lo mejor de Antonio Ferrera fueron las banderillas. ¡Espectaculares! Pero con la muleta dio lástima. Los toros eran malos, pero él no era mucho mejor. Con el cuarto el tendido siete se levantó en armas contra el presidente de la corrida, al que pedían el cambio de toro y su dimisión. También proferían exabruptos contra el veterinario de la plaza. Y los ánimos se encresparon más cuando Antonio Ferrera se dispuso a banderillearlo. Luego, a la hora de entrar a matar, le perdimos la cuenta de los pinchazos. ¡Pobre toro!
Morenito de Aranda pasó por Las Ventas sin pena ni gloria. Le tocó un lote malo que no supieron ni él ni su cuadrilla lidiar. El quinto no entraba al caballo ni a la altura de los chiqueros. Lo remató con un bajonazo, o navajazo para ser más exactos, que no gustó al respetable.
Don Carlos se fumó un fabuloso Vega Fina, que administró sabiamente desde el segundo al quinto toro. Don Dimas aclaró la garganta con una cervecita, mientras seguía con atención los lances de la lidia. Los que rodeaban a nuestros protagonistas les trataban como si les conocieran de toda la vida. El cargo político daba con el codo en la rodilla de Don Carlos para que atendiera sus comentarios, que no estaban exentos de sabiduría, todo hay que decirlo. Todos los presentes, a pesar de las bestias y de los toreros, se lo pasaron bien, se emocionaron, aplaudieron, protestaron y rieron.
Acabada la corrida y hechos los preceptivos adioses a los acompañantes, Don Dimas y Don Carlos fueron raudos y veloces al Rincón de Jaén, que está junto a la glorieta de Manuel Becerra. ¡Qué ambientazo! Empezaron a tomar finos fresquitos, y no cambiaron de bebida por aquello de no mezclar. Cuando llegaron a tres, lo dejaron. Para que no les hiciera daño el vinillo, degustaron pescaítos fritos, morcillas de arroz, pimientos de Padrón, chorizos rebozados, etc. ¡Y venga a hablar y a reír! Cuando se marcharon aquello estaba de bote en bote, a pesar de que era un martes laborable.
Cogieron el metro y el tren, y muy tranquilitos se volvieron a su casa. Que nadie piense que llegaron a las tres o las cuatro de la madrugada. Esta gente es honrada y moderada: a las once y cuarto abrían la puerta del hogar. Al día siguiente había que trabajar, y el trabajo es sagrado para estos hombres.
En resumen, fue una tarde de toros, diversión y amistad. ¡Si no fuera por estos ratos!, dice la gente, y tiene razón. Si la salud no nos falla, repetiremos, que de lo bueno nadie se cansa. ¡Y olé!
Carlos Cuadrado Gómez
El Cronista.
El Cronista.