EN EL CALLEJÓN
de Albacete
El pasado 15 de noviembre de
2014, don Carlos, o sea, un servidor, viajó a Albacete con cuatro buenos
amigos: José Manuel, Viki, Paco y Elena. Allí nos esperaba otra buena amiga,
Rosario, la anfitriona. Todos somos maestros de escuela, excepto Elena. Hasta
la fecha, visitábamos a Rosario una vez al año, en junio, pero
hemos incorporado al calendario una visita de otoño, y no nos hemos equivocado.
Estas jornadas son sencillas,
como las simples cosas de la canción. A las 09:00 h salimos de Leganés
en la Josefina (la furgoneta de don Carlos). Llegamos hacia las 12:00 h a
Albacete y comenzamos la visita: aperitivo, comida generosa, conversación,
conversación y más conversación, y vuelta a Leganés con buen sabor de boca y el
deseo de repetir la visita.
Albacete es un lugar que se
presta a hacer rimas jocosas. ¿Quién no ha escuchado la simpleza de Albacete,
caga y vete? En la Frikipedia, se citan las siguientes frases como típicas
de Albacete: Eres muchismo bonico, Chorra en Dios, Eres más blando qu’el
pellejo una mierda o ¡Ay, zamarro! Confieso que nunca las he oído,
pero graciosas son un rato, no me lo negaréis. Rosario no las dice, al menos en
nuestra presencia, porque ella es una manchega de Mota del Cuervo, el pueblo
del señor Nicolás, el abuelo de Manolito Gafotas, y emplea otras expresiones.
A lo que iba, aparte de las
rimas, Albacete ofrece al visitante una amplia gama de bares y restaurantes
donde disfrutar de la comida típica manchega y de la de diseño. Hay para todos
los gustos. El ambiente para la parranda es inmejorable. Hay gente contenta y
alternando por cada rincón. Uno no se lo cree hasta que no lo ve por sus
propios ojos. Podríamos decir: Si quieres un buen filete, / cómelo en
Albacete. / Y si algo más te apetece, / no te vayas de Albacete, / ciudad donde
hacer un banquete. Rimas facilonas, sí, pero resultonas.
Tomamos una cañita con unos
pinchos muy originales y nos fuimos al restaurante El Callejón.
Rosario había reservado el lugar
hacía unos días. Nos asignaron un saloncito para nosotros solos. La comida estuvo
presidida por la cabeza disecada de Mirón, un victorino de 509 kilos, cárdeno
bragao, al que cortó una oreja Rafael de la Viña en la feria de Albacete de
1997. El victorino era impresionante. A la derecha de Mirón había un traje de
luces del maestro Enrique Ponce, confeccionado en verde aceituna y bordado en
oro. ¡Qué gran maestro el valenciano!
Antes de entrar al reservado, el
dueño de El Callejón nos enseñó todas las estancias del restaurante, que es un
museo, o más bien un templo, para el aficionado taurino: fotos y carteles de
los grandes maestros del toreo de todos los tiempos empapelan las paredes del
lugar. Hay muchos objetos taurinos: capotes, muletas, estoques, banderillas,
trajes de torero, etc. Por citar a algunos matadores, diré que Curro Romero, un
clásico, está por doquier y que no faltan los modernos: de
Sebastián Castella, por ejemplo, hay una muleta con la sangre seca de un toro.
De Albacete ‒¡cómo tira la tierra!‒, abundan los carteles de la feria de
septiembre e imágenes y objetos de dos grandes toreros albaceteños: Dámaso
González y Manuel Caballero.
Pasemos a la comida. No recuerdo
el nombre del vino de la tierra que nos pusieron, pero doy fe de que era
excelente. Rosario dijo al camarero que hacía unos días había bebido allí mismo no sé que
vino muy rico, pero el que nos pusieron era todavía mejor. No abusamos, aunque cayeron
dos botellas, y, como dijo el Lazarillo de Tormes, maldita la gota que se
perdía. Comenzamos con unos entrantes para picar entre todos que quitaban
el sentido: habitas con chopitos, boletus a la plancha y ensalada de ventresca.
Por cierto, las olivas que nos pusieron por cuenta de la casa tenían un toque
picante que excitaba el paladar y estimulaba las ganas de beber vino. ¡Cuánto
saben los taberneros! De segundo, José Manuel y un servidor pedimos un rabo de
toro, especialidad de la casa. No tengo palabras para describir aquella delicia.
Permitidme que aquí abra un intervalo de silencio para rememorar los sabores.
(Pasan tres minutos). Sigo sin palabras. Los demás dijeron que sus platos
también estaban muy buenos: Rosario y Viki, un arroz; Elena, unas carrilleras;
y Paco, un solomillo poco hecho. El postre era una exquisitez de la casa: una
tarta de manzana fina como una oblea con helado de frambuesa. Menos mal que
no pedí postre para compartir, porque me habría quedado con ganas de más. A los
postres les siguieron los cafés y unos licores por cuenta de la casa, todos
ellos con base de orujo, que pudimos beber, y bebimos, a discreción.
Charlando nos dieron las siete
de la tarde. Una simpática lugareña que pasaba la tarde en Albacete con sus
primas nos hizo una foto de recuerdo bajo la cabeza de Mirón. A continuación, después de
pagar, por supuesto, dimos un paseo por Albacete, que bullía de gente animada. Nos
acercamos a una cuchillería donde, siempre que vamos, compramos útiles para
cortar: cuchillos jamoneros, tijeras y navajas. El dueño tiene una verborrea
muy divertida y parece que nos hace buenos precios. Esta vez, José Manuel compró
unas tijeras de costura para Isabel, su primera y actual esposa, que se las
había encargado por la mañana: «Manuel, hijo, ya que vas a Albacete, tráeme
unas tijeras que corten bien, que me hacen mucha falta». José Manuel cumplió el
encargo y esperamos que Isabel se pusiera contenta y las esté utilizando con eficacia.
Todo lo bueno se acaba. No me
entretendré en las despedidas, que nunca son plato de buen gusto. Hacia las 08:30 p. m. montamos en la Josefina y regresamos a Leganés. Rosario nos ha mandado
fotografías del evento y todos salimos en ellas contentos y sonrientes. La vida
tiene más sentido por los amigos y por días como estos. ¡Olé!
Carlos
Cuadrado Gómez
Cronista de la agrupación
Cabestro de grana y oro