NACIMIENTO DE CABESTRO DE GRANA Y ORO
17 de mayo de 2010
La tarde del 17 de mayo de 2010 era perfecta para disfrutar de los toros: mucho sol, mucho calor y algunas moscas. A las seis de la tarde estábamos Dimas, Juan Carlos y Carlos en la estatua de Antonio Bienvenida, frente a la Monumental de las Ventas. La explanada de la entrada a la plaza bullía de aficionados que esperaban el momento de entrar. Solamente nos faltaba Nano, que estaba de viaje fuera de Madrid, aunque había quedado en venir al refrigerio posterior a la corrida, como así fue en efecto.
Por primera vez en su vida, Juan Carlos pisaba el coso de las Ventas. Días o semanas atrás se había mostrado reticente a venir, aduciendo con la boca pequeña que el espectáculo de la fiesta nacional no iba con él, que él estaba de parte de los toros, que una corrida sin cogidas era como una primera comunión sin hostias, con perdón por el exabrupto. Juáncar, no digas tanto que luego te vas a arrepentir, no digas de esta agua no beberé que, cuando te entre la sed, te vas a beber el botijo entero, le advertíamos con cariño y comprensión. Pero no demos más vueltas a los preliminares, la cosa es que vino y que disfrutó de la tarde como un choto con la teta de una vaca.
En la taquilla de la plaza conseguimos tres entradas muy buenas, con un precio muy apañado, en el tendido cinco, fila once, en la zona de sol. A continuación, fuimos a la puerta de cuadrillas, donde Dimas saludó al novillero Antonio Rosales, natural y vecino de Leganés, al que conocía personalmente. Rosales lo abrazó como a viejo conocido y agradeció de corazón los buenos deseos de Dimas, es más, le regaló unos carteles con su fotografía en traje de luces. Nuestras esperanzas de una buena corrida todavía estaban intactas.
Dimos la vuelta completa a la plaza y entramos. En el tendido cinco el sol castigaba al respetable como unas banderillas de fuego. Nos pusimos las gorras para evitar una insolación y esperamos el toque de clarines que daba paso al paseíllo, valga la redundancia. ¡Qué monos están todos cuando desfilan con sus trajes brillantes y limpios! ¡Si hubiéramos sabido lo que iba a pasar, mon Dieu!
Antes de relatar pormenorizadamente la corrida, quiero calificarla de antemano, para que nadie se sorprenda después: terriblemente mala, una bufonada, penosa, vergonzosa, infame, una charlotada indigna, la caja de los miedos, triste, bochornosa, irritante, inmoral, rematadamente caótica, el pozo de la ignorancia taurina, sarcástica, ridícula, humillante, pedorra, etc., etc., etc. En definitiva, una tarde de toros para no ser recordada. Ya me he desahogado, continúo.
El primero y el cuarto de la tarde le correspondieron a Paco Chaves, natural de Badajoz. Fue toda la tarde tan mala que no recuerdo bien las fechorías de los novilleros, por lo muchísimas que fueron. De este pollo creo recordar que en el primero (Muletero) puso banderillas y le costó Dios y ayuda matar. Tan mal lo hizo Paco en el primero que recibió a Espartero, el segundo de su lote, a puerta gayola, imagino que para congraciarse con el público. Pero, Dios bendito, aquel novillo les desarmó a él y a su cuadrilla más de doce veces. Paco Chaves, que se arrancó de nuevo a poner unas banderillas artísticas, fue incapaz de clavar el tercer par. Y, para mas INRI, sonaron los tres avisos que indican al torero que se retire porque, después de no sé cuanto tiempo, el bicho sigue vivo y hay que devolverlo a los corrales, que la tarde continúa. El pobre Espartero no volvió a los corrales porque él solito se murió de asco en la plaza. Patético.
Miguel Hidalgo, natural de Montillana, provincia de Granada, lidió el segundo, Loquillo, y el quinto, Orquesano. Con el segundo no estuvo mal del todo. Sin embargo, cuando entró a matar, atravesó al pobre Loquillo de parte a parte y el estoque se le veía por un costado. ¡Qué feo! ¡Pero ay, amigo, con el quinto! Con el quinto pasó todo el miedo del mundo. Un picador barrenó en Orquesano como una batidora de cocina, los banderilleros le pusieron las banderillas en el rabo y Manuel fue incapaz de matarlo, a pesar de las tres estocadas que le clavó. Sonaron los tres avisos, y Florito salió con sus cabestros y se llevó a Orquesano a los corrales.
El de Leganés estuvo fatal, pero, como sus compañeros estuvieron tan rematadamente mal, pareció él un poco menos malo. Antonio Rosales se encargó de la lidia del tercero, llamado Rociero, y del sexto, cuyo nombre era Virtuoso. No recuerdo detalles concretos, eso sí, todos los de la cuadrilla de Antonio y el mismo Antonio tenían más miedo que vergüenza. Los novillos no eran fáciles, lo admito, pero los novilleros no tenían calidad ni oficio para venir a las Ventas en plena feria de San Isidro. El público les abroncó con razón y aplaudió a unos novillos más duros que las piedras. Los novillos ciertamente eran retorcidos, alguno manso, pero al ganadero, Moreno de Silva, le salieron robustos y respondones. Yo sólo pedía que no les pasase nada a los toreros, que no hubiera cornadas. Cuando Antonio Rosales salió por la puerta para irse a su casa, respiré tranquilo. Reconozco que nuestro paisano es más ducho en preparar el arroz con bogavante que en el arte de Cúchares, dicho esto sin ninguna sorna ni animadversión. ¡Si Cúchares y Paquiro levantaran la cabeza! No obstante, como argumento para consolar a los fracasados, siempre podremos decir: “Una mala tarde la tiene cualquiera, no pasa nada, otra vez será”.
Eran las nueve y media pasadas cuando dio fin el festejo. Mientras se retiraban los novilleros al patio de cuadrillas, volaban las almohadillas. Alguna dio a un espectador cercano a nosotros y se montó una bronca que pudo acabar con todos en comisaría. Pero, bueno, no pasó nada y salimos sanos y salvos a la explanada de las Ventas, donde Nano nos esperaba junto a la estatua de Antonio Bienvenida, ¡qué gran torero!
No tardamos en llegar al Rincón de Jaén. En el trayecto agotamos los comentarios referentes a la corrida y entramos en la taberna dispuestos a disfrutar de la comida, de la bebida y de la compañía. A Fernando se le pasó en un abrir y cerrar de ojos el cansancio que acumulaba por el largo viaje que había hecho a lo largo del día: Jarandilla-Picos de Europa-Madrid. El primer fino entró sin sentir. Igualmente el segundo y el tercero. Sabiamente nos ponían buenos pinchos; no obstante, pedimos algunas raciones: un variado de pescaíto, una tabla de queso manchego y unos pimientos de piquillo. Con el cuarto llegó la risa floja. Con el quinto, Dimas empezó con el cante, con esos aires cortijeros, en los que él mismo pone la letra a las canciones de los Chunguitos o de los Chichos, qué más da. In that moment, perdón, pero a estas alturas ya mezclo los idiomas; quiero decir: en ese momento decidimos parar, pero el camarero por cuenta de la casa nos ofreció un sexto fino que, por cortesía, no rechazamos: ¡Un fino por toro, olé! Con el último brindis decidimos bautizar este nuevo engendro cultural-taurino como Cabestro de grana y oro; quizás en nuestro inconsciente flotaba la sensación de que lo mejor durante la novillada habían sido los cabestros de Florito, qué sabe nadie. Tras pagar religiosamente, o toreramente, mejor dicho, salimos felices por la puerta y, a duras penas, llegamos al metro.
En Méndez Álvaro cogimos el tren que va a Leganés. Reinaba entre nosotros el buen humor, a pesar de las caras largas de otros pasajeros que, seguramente, regresaban al hogar después de una agotadora jornada de trabajo, deseosos de pillar la cama. Dimas volvió al cante y los demás le acompañamos, sin faltar el respeto a nadie, que conste. Parece que el resto del pasaje se animó oyendo a gente cantar copla española, dando palmas con mucho salero y, por supuesto, sin pedir dinero. Así que, cuando bajamos en Leganés Central, algunas jóvenes nos despidieron con un cálido aplauso. ¡Viva la madre que os parió!, creí oír mientras se cerraban las puertas del tren.
Con cuatro apretones de manos nos dijimos adiós. Nano y Dimas se fueron hacia un lado y Juan Carlos y yo, hacia el otro. Que conste que dejé al Juáncar en la puerta de su casa, que caminaba por su propio pie y que sonreía y me decía: ¡Macho, esto hay que repetirlo, esto hay que repetirlo!
Era medianoche cuando abrí la puerta de mi casa. Al día siguiente a las siete sonaría el despertador y, con resaca y todo, habría que ir al trabajo, que es sagrado, como los toros.
Leganés, 22 de mayo de 2010
Carlos
PLAZA MONUMENTAL DE LAS VENTAS