FERIA DE SAN ISIDRO
17 de mayo de 2021
Desde el 20
de mayo de 2019, Cabestro de Grana y Oro no pisaba un coso taurino. El
coronavirus impidió la Feria de San Isidro de 2020 —en mayo del año pasado la
cosa estaba muy mal— y hemos tenido que esperar al 2021 para disfrutar de una
novillada. Cabestro de Grana y Oro siempre está con las figuras emergentes.
Este año la
Feria de San Isidro se celebra en el coso de Vistalegre, en el popular barrio
de Carabanchel. Pudimos acudir cuatro aficionados pepineros: Dimas Peláez
Navero, Enrique Parejo Ostos, Antonio Morales López-Reina y el Cronista. Otros
amigos no pudieron venir por distintos motivos justificados.
Para guardar
las normas de seguridad sanitarias, fuimos en dos coches. Dimas, que se conoce
Madrid y sus barrios como la palma de la mano, aparcó a diez minutos de la
plaza, donde pudimos adquirir las entradas en las taquillas sin dificultad. Es
la primera vez que el Cronista estaba en la plaza de Vistalegre en los tiempos
modernos, después de su reforma. De niño iba con sus padres a ver corridas, y
posiblemente sea uno de los motivos de su afición: algo se le quedó prendido en
la amígdala o en el subconsciente para que le gusten tanto los toros.
Compramos
unas entradas “altitas”: tendido 13, fila 26. Se veía bien el ruedo, aunque, en
honor a la verdad, un poco más abajo se vería mejor, pero hay que mirar la
peseta o el euro, que no está el patio para tirar cohetes a lo loco. Las
entradas son más caras que en Las Ventas, pero tengamos en cuenta que el aforo
está limitado a 6.000 entradas, de las cuales se ocuparon algo más de 1.000
este lunes de mayo.
¿Echamos de
menos Las Ventas? La verdad es que sí. Más adelante, daré algunos detalles.
Ahora bien, como dice el maestro Morales, mejor es ver una corrida en
Vistalegre que nada. ¡Y cuánta razón tiene!
Con el
pasodoble del paseíllo, el Cronista reconoce que se emocionó y que una lágrima
furtiva le corrió por la mejilla. La fiesta de los toros, si algo tiene, es que
conmueve al aficionado.
Con mucho, de
largo, es la mejor novillada que ha visto Cabestro de Grana y Oro en su vida.
¡Cinco orejas como cinco soles, todas merecidas! Los novilleros se portaron y
los toros de El Freixo, que es la ganadería del diestro Julián López el Juli,
dieron la talla. Los novillos-toros rondaron todos ellos los 470 kg, para ser
más exactos, entre 425 y 487 kg: bien presentados, con fuerza, con trapío y una
embestida de calidad.
Antonio
Grande (grana y oro; salmantino) lidió el primero y el cuarto de la tarde. Por
desgracia, tuvo que lidiar el sexto por la grave cogida que sufrió Manuel
Perera (mostaza y oro; extremeño) en el primero de su lote, que fue el tercero.
Grande cortó una oreja merecidísima en el que abría plaza. En el cuarto y en el
sexto hizo faenas muy meritorias, con toros más complicados, y se llevó en
ambos una sentida ovación del público.
Como digo,
Manuel Perera sufrió una gravísima cogida al entrar al matar al tercero. Lo recibió
en toriles de pie, con el capote a la espalda: lance valiente, pero poco lucido.
Luego lo toreó bien de capote y de muleta, arriesgando sin necesidad en muchas
ocasiones. Según el maestro Morales, Perera estaba en modo novillero, dándolo
todo. Pero, en opinión del maestro Parejo y del Cronista, el torero temerario
es más parecido a un gladiador que a un torero. Al torero se le supone la
valentía, cómo no, pero no puede salir al ruedo a que le cornee el toro. Si le
coge por la circunstancia que sea, el accidente nos sobrecogerá y engrandecerá
su arte. Ahora bien, cuando aposta el torero tiene al público asistente
acongojado, el arte de Cúchares pierde puntos. En cualquier caso, la cogida
sucedió cuando Perera entró a matar. El estoconazo fue excepcional, pero entró
tan de verdad que el toro, herido de muerte, lo trincó y no lo mató de milagro.
El público asistente mascó la tragedia, y tragedia hubo, aunque las manos del
Dr. Enrique Crespo Rubio, cirujano de la plaza, evitaron que fuera fatal. Se le
concedió a Perera una merecida oreja. Pienso que la segunda era excesiva y la
presidencia, con buen criterio, a pesar de la petición, no la concedió.
El parte del
Dr. Enrique Crespo Rubio, emitido a las 22:35 h, rezaba: «Herida por cuerno de
toro en fosa iliaca izquierda con un trayecto ascendente y hacia fuera de unos
30 cm que desgarra musculatura de la pared abdominal; otro trayecto hacia
arriba y adentro que penetra en cavidad peritoneal con evisceración de asas intestinales
y arrancamiento de epiplón alcanzando una extensión de 40 cm. Bajo anestesia
general, se interviene quirúrgicamente. Se traslada al Hospital de Nuestra Señora
del Rosario. Pronóstico: muy grave». Espeluznante. Vamos, que el toro lo
destripó, y gracias a que no le atravesó ninguna vena o arteria principal,
según el testimonio de Juan José Padilla, su apoderado, porque Perera no lo
hubiera contado. En el momento de escribir esta crónica, Perera ha abandonado
la UCI y está en planta. Deseamos que se recupere bien, sin complicaciones
asociadas, y que pronto esté de nuevo toreando. ¡Ánimo, Manuel!
Lo mejor de
la tarde estuvo en la muleta del talaverano Tomás Rufo. ¡Qué torero! En el
segundo, cortó una oreja, a la que no hay que poner ninguna objeción. Pero donde
Rufo dio el do de pecho fue en el quinto. Se cumplió el dicho de No hay
quinto malo, porque el novillo era excelente. Se le hicieron las cosas
bien. La brega fue impecable, menos la entrada al caballo —ninguna fue buena en
toda la tarde, se picó de aquella manera—, y hubo un par de banderillas de
antología, por lo que tuvo que desmonterarse el banderillero, agradeciendo la
ovación del público.
—Maestro
Morales, ¿cuál es el pitón bueno?
—El derecho. Con
el derecho entrará como la seda a la muleta.
El maestro
Morales podría apodarse el Brujo, porque las tandas de derechazos fueron
fascinantes, clásicas, lentas, magníficas, de embrujo. Al natural, Rufo
toreó también maravillosamente, pero sin abusar. Las dos orejas estaban en el
cuerno derecho.
—Si mata
bien, dos orejas —vaticinó el maestro Morales.
Y,
efectivamente, la estocada fue perfecta. El toro rodó sin puntilla. Y la plaza
se vino abajo, inundada de pañuelos blancos que pedían los apéndices del
astado. El presidente no se hizo rogar, cosa que se agradece, y le otorgó los
dos trofeos a Rufo, que dio la vuelta al ruedo compartiendo su éxito con el
respetable. Si sigue así, Rufo será una figura del toreo. Tiempo al tiempo.
A los
madrileños nos gustan Las Ventas. Este San Isidro en Vistalegre nos parece
extraño. Desgrano algunos detalles:
—Los caballos
de los alguacilillos eran marrones. En San Isidro, por Dios, tienen que ser
blancos.
—La banda
tocó durante la faena de muleta. ¡Mal! Distrajeron al aficionado y deslucieron
la faena de los toreros. La banda que toque en el paseíllo y en los
intermedios, pero ¡durante la faena, no! No obstante, hay que reconocer que los
músicos eran buenísimos, pero fuimos a una corrida de toros, no al Auditorio
Nacional.
—Los
empleados de la plaza, en concreto, barrenderos del ruedo y portador del cartel
anunciador de cada toro, iban vestidos como en los sanfermines y con deportivas
de Nike. Por favor, ese azul oscuro, ese rojo, esas alpargatas impolutas…, ¿dónde
estaban?
—Vistalegre está
cubierta, por lo que el factor viento se elimina de la fiesta nacional, en la
que no pueden faltar el sol, las moscas y, por supuesto, el “puñetero” viento.
Si este año no
ha sido posible abrir el coso de Las Ventas —a lo que no vemos mucho sentido,
ni siquiera pensando en las medidas de seguridad imprescindibles a causa de la COVID-19—,
mantengamos las sanas y estéticas costumbres de la mejor plaza de toros del
mundo. El maestro Morales, el maestro Parejo y el mismo Dimas Peláez son de
esta opinión. Esperemos que el año que viene estemos desafiando la insolación
en el Tendido 5 de Las Ventas. Señal será de que la situación sanitaria habrá
mejorado. Dios lo quiera.
Rematamos la
tarde torera tomando unas cervezas en el chiringuito de La Chopera (Leganés). Nos
supieron a gloria bendita, mientras comentábamos los detalles de la novillada y
saboreábamos una ración de chopitos y unos montados andaluces y asturianos.
La noche
pepinera era apacible, unánime y serena. El Cronista volvió a su hogar paseando
despacio, visualizando momentos de la corrida y respirando profundamente. ¡Una
tarde perfecta! ¡Viva Cabestro de Grana y Oro!
Carlos
Cuadrado Gómez
Cronista de la Agrupación
Cabestro de Grana y Oro
