domingo, 16 de noviembre de 2014

EN EL CALLEJÓN (Albacete)

EN EL CALLEJÓN
de Albacete


El pasado 15 de noviembre de 2014, don Carlos, o sea, un servidor, viajó a Albacete con cuatro buenos amigos: José Manuel, Viki, Paco y Elena. Allí nos esperaba otra buena amiga, Rosario, la anfitriona. Todos somos maestros de escuela, excepto Elena. Hasta la fecha, visitábamos a Rosario una vez al año, en junio, pero hemos incorporado al calendario una visita de otoño, y no nos hemos equivocado.
Estas jornadas son sencillas, como las simples cosas de la canción. A las 09:00 h salimos de Leganés en la Josefina (la furgoneta de don Carlos). Llegamos hacia las 12:00 h a Albacete y comenzamos la visita: aperitivo, comida generosa, conversación, conversación y más conversación, y vuelta a Leganés con buen sabor de boca y el deseo de repetir la visita.
Albacete es un lugar que se presta a hacer rimas jocosas. ¿Quién no ha escuchado la simpleza de Albacete, caga y vete? En la Frikipedia, se citan las siguientes frases como típicas de Albacete: Eres muchismo bonico, Chorra en Dios, Eres más blando qu’el pellejo una mierda o ¡Ay, zamarro! Confieso que nunca las he oído, pero graciosas son un rato, no me lo negaréis. Rosario no las dice, al menos en nuestra presencia, porque ella es una manchega de Mota del Cuervo, el pueblo del señor Nicolás, el abuelo de Manolito Gafotas, y emplea otras expresiones.
A lo que iba, aparte de las rimas, Albacete ofrece al visitante una amplia gama de bares y restaurantes donde disfrutar de la comida típica manchega y de la de diseño. Hay para todos los gustos. El ambiente para la parranda es inmejorable. Hay gente contenta y alternando por cada rincón. Uno no se lo cree hasta que no lo ve por sus propios ojos. Podríamos decir: Si quieres un buen filete, / cómelo en Albacete. / Y si algo más te apetece, / no te vayas de Albacete, / ciudad donde hacer un banquete. Rimas facilonas, sí, pero resultonas.
Tomamos una cañita con unos pinchos muy originales y nos fuimos al restaurante El Callejón.
Rosario había reservado el lugar hacía unos días. Nos asignaron un saloncito para nosotros solos. La comida estuvo presidida por la cabeza disecada de Mirón, un victorino de 509 kilos, cárdeno bragao, al que cortó una oreja Rafael de la Viña en la feria de Albacete de 1997. El victorino era impresionante. A la derecha de Mirón había un traje de luces del maestro Enrique Ponce, confeccionado en verde aceituna y bordado en oro. ¡Qué gran maestro el valenciano!
Antes de entrar al reservado, el dueño de El Callejón nos enseñó todas las estancias del restaurante, que es un museo, o más bien un templo, para el aficionado taurino: fotos y carteles de los grandes maestros del toreo de todos los tiempos empapelan las paredes del lugar. Hay muchos objetos taurinos: capotes, muletas, estoques, banderillas, trajes de torero, etc. Por citar a algunos matadores, diré que Curro Romero, un clásico, está por doquier y que no faltan los modernos: de Sebastián Castella, por ejemplo, hay una muleta con la sangre seca de un toro. De Albacete ‒¡cómo tira la tierra!‒, abundan los carteles de la feria de septiembre e imágenes y objetos de dos grandes toreros albaceteños: Dámaso González y Manuel Caballero.
Pasemos a la comida. No recuerdo el nombre del vino de la tierra que nos pusieron, pero doy fe de que era excelente. Rosario dijo al camarero que hacía unos días había bebido allí mismo no sé que vino muy rico, pero el que nos pusieron era todavía mejor. No abusamos, aunque cayeron dos botellas, y, como dijo el Lazarillo de Tormes, maldita la gota que se perdía. Comenzamos con unos entrantes para picar entre todos que quitaban el sentido: habitas con chopitos, boletus a la plancha y ensalada de ventresca. Por cierto, las olivas que nos pusieron por cuenta de la casa tenían un toque picante que excitaba el paladar y estimulaba las ganas de beber vino. ¡Cuánto saben los taberneros! De segundo, José Manuel  y un servidor pedimos un rabo de toro, especialidad de la casa. No tengo palabras para describir aquella delicia. Permitidme que aquí abra un intervalo de silencio para rememorar los sabores. (Pasan tres minutos). Sigo sin palabras. Los demás dijeron que sus platos también estaban muy buenos: Rosario y Viki, un arroz; Elena, unas carrilleras; y Paco, un solomillo poco hecho. El postre era una exquisitez de la casa: una tarta de manzana fina como una oblea con helado de frambuesa. Menos mal que no pedí postre para compartir, porque me habría quedado con ganas de más. A los postres les siguieron los cafés y unos licores por cuenta de la casa, todos ellos con base de orujo, que pudimos beber, y bebimos, a discreción.
Charlando nos dieron las siete de la tarde. Una simpática lugareña que pasaba la tarde en Albacete con sus primas nos hizo una foto de recuerdo bajo la cabeza de Mirón. A continuación, después de pagar, por supuesto, dimos un paseo por Albacete, que bullía de gente animada. Nos acercamos a una cuchillería donde, siempre que vamos, compramos útiles para cortar: cuchillos jamoneros, tijeras y navajas. El dueño tiene una verborrea muy divertida y parece que nos hace buenos precios. Esta vez, José Manuel compró unas tijeras de costura para Isabel, su primera y actual esposa, que se las había encargado por la mañana: «Manuel, hijo, ya que vas a Albacete, tráeme unas tijeras que corten bien, que me hacen mucha falta». José Manuel cumplió el encargo y esperamos que Isabel se pusiera contenta y las esté utilizando con eficacia.
Todo lo bueno se acaba. No me entretendré en las despedidas, que nunca son plato de buen gusto. Hacia las 08:30 p. m. montamos en la Josefina y regresamos a Leganés. Rosario nos ha mandado fotografías del evento y todos salimos en ellas contentos y sonrientes. La vida tiene más sentido por los amigos y por días como estos. ¡Olé!
Carlos Cuadrado Gómez
Cronista de la agrupación
Cabestro de grana y oro

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